Manu

Si me acerco mucho a él me araña la cara con expectación, como esperando que bajo mi piel aparezca algún juguete. Probablemente, de insistir, un día lo consiga.

Manuel Jabois

Manu (Pepitas de calabaza, 2013) salió a flote en una conversación que mantuve hace alguna semana en Málaga. Dicha charla originó, al menos, una compra y lectura y también una relectura. La primera vez que lo cogí me dejó un interrogante: cómo escribir bien (Jabois escribe muy bien), me dejó muchos ratos que transité entre risas y me dejó una agradable sensación de ternura. La segunda vez que lo tomé, me volvió a suscitar un interrogante: cómo ser un buen padre.

A medida que avanzaba en la lectura, constataba que cada vez que el escritor pontevedrés se enfrentaba a una cuestión de cierta profundidad en el libro la acababa rehuyendo: Jabois no quería entrar y no lo hacía, y mientras me iba surgiendo ese interrogante. No sé a cuenta de qué me vino esta cuestión. Lo desconozco. Pero el caso es que ella me alcanzó y yo no la sabía afrontar. Tampoco es que fuese precisamente sencilla.

El libro lo abre una frase de Xacobe Casas que quizá contenga la respuesta: un hijo es como tener algo siempre al fuego. Algo que está siempre al fuego requiere de una continua y atenta vigilancia. Ser un buen padre debe ser estar ahí. Habrá momentos mejores y habrá momentos peores, pero la clave será estar ahí. Estar ahí siempre. Estar ahí para compartir momentos, estar ahí para compartir la vida.

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